Curación de un tullido (Hechos 3, 1)
Pedro y Juan van a orar al Templo y se encuentran a un hombre tullido desde su nacimiento (se llama así a alguien que ha perdido el movimiento de todo o parte de su cuerpo) que pedía limosna. Los dos apóstoles, a un tiempo, fijan su mirada en él y Pedro le dice: "Míranos. No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar". Y tomándole de la mano le levantó. El se puso de pie de un salto y anduvo. Lue¬go entró en el Templo con ellos alabando a Dios, y quienes le conocían que¬daron mudos de estupor y asombro, acudiendo donde estaban Juan y Pedro. Éste aprovechó la ocasión para echarles un largo discurso, resumiendo la idea de que fue Jesús, a quienes ellos habían enviado a la muerte, quien curó al tullido, y que ese mismo Jesús había resucitado. A consecuencia de ello fueron apresados y llevados ante el Sanedrín, que acabó poniéndoles en libertad con el encargo de que no siguieran predicando al Cristo resucitado. Pedro y Juan, sin embargo, no se amilanan. Se repite la incongruencia de que el hacedor de milagros sea perseguido por ello. .
Tenemos la impresión de que este milagro se ha relatado con un fin deter¬minado: exponer la predicación de Pedro y las primeras persecuciones de que fueron objeto los apóstoles. .

La muerte de Ananías y Safira (Hechos 5,1)
Los primeros seguidores de Jesús, tras su muerte, venden sus bienes y los reparten entre los necesitados. Un tal Ananías y su mujer, Safira, venden un campo para entregar el dinero a los apóstoles, pero no lo entregan todo. Pedro recrimina a ambos, y los dos caen muertos. Entendemos que la primera comu¬nidad cristiana deseara seguir la recomendación de su Maestro (quien quiera ser mi discípulo. que venda cuanto tiene y lo dé a los pobres), pero no se com¬prende la dureza del castigo por no obedecer. Nos recuerda demasiado la in¬transigencia de Yahvé en el Antiguo Testamento, que hacía morir, a veces, a la gente por los motivos más fútiles. Tal vez alguien se encargó de contar esta historia para que sirviera de ejemplo. No tiene sentido tanta dureza por parte de un Padre amoroso. Tampoco entra dentro de los cánones del milagro, pues falta también la adversidad que se resuelve. Más bien es un prodigio-castigo, lo que nunca hizo Jesús.

El paralítico de Lida (Hechos 9, 32)
En la ciudad de Lida, en Judea, Pedro curó a un paralítico, llamado Eneas, que llevaba ocho años en una camilla. "Jesucristo te cura, dijo Pedro, levántate y arregla tu lecho". Al instante se levantó, y todos los habitantes de Lida y Sarón se convirtieron al Señor.
Lo importante de este milagro no es la curación del paralítico en sí, sino sus consecuencias: la conversión de todos los habitantes de dos ciudades. Por lo visto no bastaba con predicar; era necesaria una intervención especial de Dios (sin embargo hemos constatado anteriormente que este procedimiento no siempre daba resultado).
Es cierto que en Hechos 14, 1 (y en otros lugares) se dice que "una gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe", pero a reglón seguido se afirma que "el Señor les concedía obrar por sus manos señales y prodigios..." Como se afirma de Felipe en otra ocasión: "La gente le escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritu inmundos, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados".

La resurrección de Tabita (Hechos 9, 36)
Este milagro se narra a continuación del anterior. Ya hicimos referencia a él cuando Jesús resucita a una niña diciéndole en arameo: talita kum, muchacha, levántate.

Castigo del mago Elimas (Hechos 13, 4)
Pablo y Bernabé Son enviados a Chipre por la comunidad para misionar a los gentiles, y estando en la ciudad de Pafos, el procónsul Sergio Paulo les mandó llamar para escuchar la palabra de Dios. Pero con él estaba el mago Elimas, que trataba de apartar al procónsul de la nueva fe que le predicaban Pablo y Berna¬bé. Pablo, disgustado por la oposición del mago, le maldice: "Tú, repleto de todo engaño y maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia, ¿no acabarás ya de torcer los rectos caminos del Señor? Pues ahora, te quedarás ciego y no verás el sol hasta el tiempo oportuno". Y así ocurrió, y el procónsul creyó en las palabras de los apóstoles. Nuevamente, la conversión exige antes un acto prodigioso en ciertos casos. Se trata de otro prodigio-castigo.

El tullido de Listra (Hechos 14, 8)
Pablo y Bernabé llegan a la ciudad extranjera de Icono (en lo que hoy es el sur de Turquía), de donde deben huir porque muchos judíos se opusieron a su predicación, y ellos no hicieron allí ningún milagro para convencerles. Pero llegados a Listra, muy cerca de allí, encontraron a un tullido, como el de Pe¬dro, y Pablo hace exactamente igual que aquel: Fijó en el enfermo su mirada y dijo con fuerte voz: "Ponte derecho sobre tus pies. Y él dio un salto y se puso a caminar. Las consecuencias, sin embargo, fueron algo diferentes. El entusiasmo del gentío que presenció el prodigio fue tan grande que creyeron que eran dioses bajados del cielo y querían adorarles y ofrecerles sacrificios. Pablo lo impide hablándoles del único Dios verdadero, pero sin mencionar a Jesús.

Pablo resucita a un muchacho (Hechos 20, 7)
Pablo está predicando a sus amigos cristianos en una casa. El sermón se ha¬ce tan largo que un muchacho, llamado Eutico, acaba por dormirse en el borde de una ventana y se cayó desde un tercer piso. Y se mató. Pablo se tiende sobre él (corno hacía Elías), y tranquilizó a los presentes diciéndoles que no estaba muerto y continuando luego con el culto. Sólo al marcharse Pablo, en¬cuentran que Eutico estaba vivo y todos se alegraron no poco. Obsérvese que Pedro hace milagros recurriendo al nombre de Jesús. Pablo no.

CONCLUSIONES.

Leyendo las narraciones de milagros, y especialmente los resúmenes, se tie¬ne la impresión de que Palestina, en tiempos de Jesús, debía estar repleta de enfermos. Posiblemente no era el único lugar en el mundo donde ocurría tal cosa. Resulta lúcido un párrafo del profesor Morton Smith al respecto (Jesús, el Mago, Ed. Martínez Roca):
"Para comprender la importancia de las curaciones de Jesús, debemos re¬cordar que en la Palestina antigua no existían hospitales ni manicomios. El en¬fermo y el loco debían ser atendidos por sus familias, en sus propios hoga¬res. A menudo, la carga de cuidar de ellos era pesada y, a veces, especialmen¬te en los casos de locura furiosa, superior a lo que la familia podía soportar. Los enfermos eran echados fuera de casa y se les dejaba que erraran como animales. Esta costumbre ha continuado hasta nuestro siglo. Nunca olvidaré mi primera experiencia en la "ciudad vieja" de Jerusalén, en 1940. .Lo primero que vi cuando entré por la puerta de Jaffa fue un lunático, una inmunda criatura que llevaba un saco de arpillera por todo vestido. Era presa de un ataque. Pa¬recía mantener una conversación con algún ser imaginario que estuviera en el aire, frente a él. Soltaba un torrente incomprensible de palabras mientras que levantaba sus manos como si suplicara. Pronto comenzó a hacer ademanes, co¬mo si quisiera protegerse de bofetadas, y aullaba como si le estuvieran gol¬peando. Echando espuma por la boca, cayó de bruces al suelo y allí se quedó, gimiendo y retorciéndose, vomitó y tuvo un ataque de diarrea. Había mucha gente en la calle, pero los que llegaron hasta donde él estaba se limitaron a dar un rodeo para evitar la porquería y siguieron su camino. Él estaba caído sobre la acera, frente a una farmacia. Después de unos minutos salió un dependiente con una caja de serrín, lo vertió sobre el charco y trató al paciente con un par de patadas en los riñones. Esto le hizo recobrar los sentidos, se levantó y se fue tambaleándose, gimiendo todavía, frotándose la boca con una mano y los riñones con la otra. Cuando fui a vivir a la "ciudad vieja" supe que aquel hombre, y otra media docena como él, eran personajes populares. Esta era la psicoterapia de los antiguos. Quienes no querían echar a la calle a sus parientes locos, tenían que soportarlos en su propia casa. Por otro lado, y como quiera que la medicina racional era muy rudimentaria, las enfermedades crónicas y de¬generativas debían estar muy extendidas, y esos enfermos también tenían que ser atendidos en sus propias casas. En consecuencia, la mayoría de la gente buscaba las curaciones con impaciencia, no sólo para ellos mismos, sino también para sus parientes. Los médicos eran incompetentes, escasos y caros. Cuando aparecía un curandero, ¡un hombre que pudiera realizar curaciones mi¬lagrosas y lo hiciera gratis!, podía estar seguro de que iba a ser acosado por la multitud. Y entre el gentío que se apiñaba desesperadamente a su alrededor, pidiéndole que los sanara, se producirían algunas curaciones. Con cada una de ellas aumentaría la fama de sus poderes, las esperanzas y las especulaciones de la muchedumbre, así como las leyendas y rumores sobre el sanador".

No cabe duda de que en el fondo de las narraciones sobre milagros hay alguna verdad, expresada ya por el doctor Stmith en su último párrafo: Jesús era un sanador. Este hecho se ve corroborado por los mismos evangelios, ya que, se repite constantemente la necesidad de la fe para curarse. La fe, la con¬fianza. Es exactamente lo que se requiere para que los sanadores actuales (y de todos los tiempos) puedan curar a sus enfermos (no a todos, por supuesto). La psiquiatría ha descubierto que la sordera, la ceguera, la mudez, la parálisis y otros síntomas parecidos podían ser ocasionados por la histeria. Los milagros de Jesús podrían explicarse por una supresión, al menos momentánea, de los síntomas de la histeria. Pero aquí nos tropezamos con un problema: si Jesús, como curandero, sólo podía curar las enfermedades psicosomáticas, debemos explicar los verdaderos milagros. Estos pueden resumirse en los siguientes: las resurrecciones, la desaparición momentánea de la lepra, la multiplicación de los panes, el andar sobre las aguas, secar una higuera con sólo la palabra, la mo¬neda encontrada en la boca de un pez, aplacar una tempestad y convertir el agua en vino.
Desde un punto de vista racional, esos milagros son imposibles. No cabe otra interpretación que la invención por parte de los escribas cristianos. Esto no debe extrañamos, pues en primer lugar, pueden consistir, en parte, en na¬rraciones simbólicas que intentan explicar algún aspecto de la cristología, como la multiplicación de los panes sirve a Juan para hablar de que Jesús es el Pan de Vida, o calmar la tempestad, caminar sobre las aguas o secar la higuera son una excusa para hablar de la necesidad de la fe. Por otra parte, la necesidad de destacar la singular personalidad de Jesús sería otra oportunidad para imaginar tales relatos.
Debemos resaltar también el hecho de que esos milagros de Jesús no provocaban la fe de los presentes de un modo automático. Fariseos y sa¬cerdotes buscan condenarle a pesar de haber presenciado algunos de sus pro¬digios más extraordinarios; los apóstrofes y maldiciones de Jesús a Jerusalén, Betsaida y Corazín, demuestran que en esos lugares fue rechazado por sus oyentes. Mateo dice claramente: "Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido". Jesús se queja en numerosas ocasiones de la dureza de corazón de los judíos. Incluso cuando la gente le sigue, él les recrimina: "Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado". Y el evangelio de Juan dice: "Ni siquiera sus her¬manos creían en él". Esos milagros extraordinarios que tratamos de explicar, no resultaban útiles porque nunca tuvieron lugar.
Pero todos los milagros de Jesús fueron, en realidad, inútiles, excepto para aliviar a algunos enfermos de sus dolencias. Presentarlos como pruebas de su superioridad, de su especial unión con la divinidad, o como de su divinidad misma, es un intento infructuoso de los evangelistas. El profesor J. Peláez, afirma: "Se puede decir que el milagro no prueba apodícticamente nada: endu¬rece el corazón de los adversarios de Jesús, confirma en la fe a sus seguidores o llena de desconcierto a la gente". El equipo "Cahiers Evangile" remacha que los milagros no son "pruebas", sino "signos", un mensaje, una palabra de Jesús y sobre Jesús, y que sólo tienen sentido para quienes ya tienen fe: "El milagro como tal no puede ser reconocido más que por el creyente".

Por otra parte, debemos destacar otro hecho: el que existan narraciones acerca de que tales prodigios podían llevarlos a cabo diversidad de personas. De todos los fundadores de religiones se cuenta que hicieron milagros, inclu¬yendo resurrecciones. El Antiguo Testamento está lleno de prodigios realizados por los profetas. Los de Moisés, especialmente, fueron tan extraordinarios que los de Jesús, comparados con aquel, apenas pueden considerarse juego de ni¬ños. En tiempos de Jesús no faltaron, los obradores de milagros en Roma, Grecia o Egipto, inclusa en la misma Palestina, entre los judíos (en el Talmud se habla de un rabino que dio muerte a un colega suyo porque creyó que se había mofado de él, después de lo cual lo resucitó al darse cuenta de que se había equivocado). El Libro de los Hechos nos cuenta el caso de Simón el Ma¬go, a quien, en Samaria, todo el mundo "le prestaba atención porque les había tenido atónitos durante mucho tiempo con sus artes mágicas". Por supuesto que el autor de los Hechos llama magia al poder de hacer milagros, igual que en algunas tradiciones rabínicas (baraítas, citadas en el Talmud hebreo) en¬tendían los prodigios de Jesús. Los discípulos del Maestro de Nazaret también hicieron milagros cuando los envió como misioneros, incluso algunas personas que no eran discípulos, pero que usaban el nombre de Jesús para realizar exor¬cismos, como nos cuentan Marcos y Lucas: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros". Muerto Jesús, sus seguidores (Pablo, Pedro, Felipe...) también hicieron algunos milagros. Y con el paso del tiempo, durante estos dos mil años, no han faltado nunca, hasta nuestros días, santos milagreros. Y curanderos y sanadores, cristianos y no cristianos.
Los milagros pueden hacerlos incluso personas y espíritus enemigos de Je¬sús: "Surgirán falsos cristos y falsos profetas, y realizarán señales y prodigios para engañar a los' elegidos", dice Jesús. "La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios enga¬ñosos", escribe Pablo en 2 Tesalonicenses.
Evidentemente, los evangelistas se equivocaban cuando creía que los mila¬gros de Jesús eran "pruebas" de su divinidad. Vimos al comienzo que Jesús hace milagros de las formas más dispares, incluso opuestas. Lo mismo cura a alguien que está a varios kilómetros de distancia, como necesita tocar con saliva y barro al enfermo, o cura con sólo su palabra, o simplemente impo¬niendo sus manos, sin hablar siquiera. Tan dispares formas de curar sólo cuadran con los distintos métodos que usa un sanador según la enfermedad de la persona. Esas curaciones fueron exageradas por sus seguidores después de muerto, interesados como estaban en demostrar que era un personaje divino. De este interés surgieron otras muchas leyendas que examinaremos a continua¬ción.

Todo el Nuevo Testamento, en realidad, está plagado de prodigios. Pero, como dijo alguien, los milagros de Jesús, como todos los milagros, resultan inútiles para la humanidad, pues aunque sanen a algunos enfermos, no eliminan las enfermedades. El poder de los milagreros y sanadores es bastante limitado (lo que demuestra su origen puramente humano) y sólo tienen un interés rela¬tivo, en tanto en cuanto alivian el sufrimiento de algunas personas. Pero el mundo está lleno de ese sufrimiento producido por las enfermedades. Jesús no pudo evitarlo. Lo demostró holgadamente cuando, entre todos los enfermos que esperaban ansiosos en la piscina de Bezatá, sólo atendió a uno (Mateo cuenta que en cierta ocasión le llevaron numerosos enfermos y los curó a to¬dos, ¿por qué no hizo lo mismo en Bezatá?). Pero la verdad es que nadie espera que Dios venga a este mundo y elimine todas las enfermedades que nos aquejan. Ese sería el verdadero milagro. Lo demás sólo son remiendos temporales, propios de nuestra incapacidad como seres humanos. Jesús se comportó como tal, como un ser humano, compasivo pero impotente ante tan¬to dolor. No podía hacer milagros, sólo curar a algunos enfermos por medio de la sugestión sobre quienes tenían confianza en él. Como en todos los tiem¬pos. Como hoy.
Por otra parte, el sentido común, la simple lógica, nos proporciona un ar¬gumento en contra de los milagros de Jesús (y de todos los milagros, por su¬puesto): En ninguna parte se dice que Jesús sanase a alguien a quien le faltase una pierna, una mano o un brazo, o tuviese un ojo vacío, haciendo que estos miembros apareciesen de la nada. Ningún hacedor de milagros ha podido rea¬lizar un prodigio de tal magnitud. Los milagros tienen un límite. Pero no lo tendrían si realmente viniesen de Dios.
Ni lo milagros son cosa de los tiempos modernos. Así que la ciencia ha ido avanzando, los prodigios se fueron extinguiendo. Ahora han sido los seres humanos quienes han erradicado, verdaderamente, sin necesidad de recurrir a milagrerías, varias enfermedades de todo el planeta. No sólo se ha curado a enfermos, sino que la ciencia ha acabado con la enfermedad. Lo que no pudo hacer Jesús ni ninguno de los taumaturgos de la antigüedad.